jueves, 13 de noviembre de 2008

Estado existencial: MUJER

Recuerdo que cuando mi periodo llegò, una tía estaba de visita en casa y emocionada me dijo: "Ya eres una mujercita". Yo la veía confundida pensando qué demonios tenía que ver la sangre con la femeneidad y por qué tanta alharaca por mis dolores pélvicos.
Viene a mi memoria el día que Magdalena cumplió 15 años y mientras estábamos al teléfono, una tía se acercó a saludarla y le dijo que debía estar feliz porque estaba hecha una mujercita y que estaba muy linda. A propósito, esa también fue la época de los quinceañeros donde amistades de diversa índole disfrazadas de algodones de azúcar agradecían a sus padres y a Dios por haberles celebrado la fiesta transición de niña mujer.
Entonces pues, para algunas féminas, estos eventos tienen trascendencia y ratifican su status genérico. Para mí, ni el sangrado ni los 15 fueron evidencia de esa mal llamada "transición".
Y es que una crece y sabe que es mujer porque todo el cuerpo lo indica y tu mente lo respalda, pero en lo personal, el examen ginecológico fue lo que determinó mi condición de homo sapiens sapiens de sexo femenino.
Entro al consultorio y una camilla al otro lado del salón se ve totalmente fuera de lugar. Apenas irrumpo en ese lugar, sé que no pertenezco ahí. Me siento como intrusa en ese lugar tan pulcro y pareciera que el salòn quiere expulsarme. Pero es sólo mi idea, esto es necesario y tomo asiento sin pensarlo dos veces. Ella (la doctora) es amigable, datos generales y preguntas de rutina. De pronto y como jugando, estoy colocándome una bata tan delgada que daría lo mismo si no tuviese nada encima y lentamente me dirijo hacia la camilla. Ella dice que coopere, me relaje y respire. Yo miro al techo y me pregunto en qué momento me volví TAN mujer, qué demonios hago ahí y de pronto una sensación de entumecimiento me embarga. Entre toda mi confusión y mis deseos desesperados de convertirme en hombrecito (manotazos de ahogado), oigo que me dice que me relaje. Y tomo mucho aire, como si de esa inhalación dependiera la vida misma. Cierro los ojos y espero que pase, pero aunque nadie bajó la temperatura del aire acondicinado, en ese lugar todo es frío: sus manos, los instrumentos y mi cuerpo entero. Abro los ojos, miro a un costado y los dos algodoneros del cuadro norteño que adorna el lugar me sonríen y me regresan poco a poco a la realidad. La temperatura vuelve a la normalidad y todo ya va terminando. Ella sonríe amablemente y al verla me percato que tiene un aire a la algodonera del cuadro. La comodidad regresa y aunque salgo de ese consultorio sintiéndome una mujer propiamente dicha (para mi desdicha), atino a sonreír, porque en realidad es un alivio el que la tía de la primera menstruación no esté presente para celebrar inoportunamente esta ocasión.

lunes, 20 de octubre de 2008

¿Intolerante yo?

Algunos son intolerantes a la lactosa. Otros son alèrgicos al polvo o a algún medicamento. En mi caso, aparte de sufrir de las dos cuestiones anteriores, sufro de una intolerancia demencial a ese género musical ahora tan difundido, llamado cumbia.
Es bien sabido que en los últimos años han proliferado un sinnúmero de cantantes de este género y es bastante curioso: todos le cantan a lo mismo. Perdieron a la mujer de su vida y ahora disfrutan sufriendo con un movido fondo musical. Vienen en grupo, todos tienen el mismo terno y curiosamente uno siempre utiliza gafas de sol aunque esté en un espacio techado. Algunos tienen rizos hidratados y otros usan mucho gel para mantener esos lacios cabellos erectos como púas de puercoespín.
Hasta ahì no hay problema. Cada uno elige su oficio y nadie se mete con nadie. Mi problema es que los oigo en todos lados. En el taxi, en la calle, mi vecina bajò todo el repertorio del grupo 5, fui al cementerio y el niño que limpiaba los nichos unos metros más allá tenía una pequeña radio portátil donde sonaba un tipo pidiendo que lo curaran porque sufría de un mal de amor. Y para colmo de males, hasta los celulares tienen timbres así. Estaba en el banco y una chica recibiò un mensaje al son de la culebrìtica.
Me irritan, están hasta en mi sopa y la cereza del pastel es que días atrás oí que tomaron uno de mis valses preferidos y lo transformaron en este horrible sonido repetitivo y sufrido que al parecer abarca más espacio que la contaminación misma.
Ok. Mientras yo me quejo, ellos ganan 30 mil soles por concierto (según leí en algún lado) y aparecen en afiches por todo el país. Mientras yo destilo mi veneno, ellos producen un disco más y suenan 70 veces 7 en las emisoras. Pero celebro la libertad de expresión, mientras encerrada en mi habitación le subo el volumen a la música y trato de ganar lo que denomino una lucha de ondas sonoras contra mi vecina, una mujer que no encuentra mayor deleite que oìr cumbia a las 2 de la mañana.
¿Intolerante yo?

domingo, 14 de septiembre de 2008

Dosis de sinceridad

No es megalomanía. Se lo juro señores, es sólo que no puedo evitar la verborrea acerca de cómo es que yo estoy en lo correcto y ustedes no. No es sólo por amor propio que digo esto, créanme que también es sentido común.

¿Eso es lo que debería haberles dicho a esos hombrecillos enternados que me entrevistaron para convertirme en un miembro de la PEA?. En realidad no. Aquí empieza la historia que me ayudó a ser terriblemente feliz la semana pasada. Buscaba yo prácticas preprofesionales un tanto más interesantes a las que hago en la actualidad y me di con una convocatoria interesante. Dejé los papeles necesarios y pasados unos días me llamaron a tomar unos exámenes. Llegué relajada y salí histérica. Entré a las 4 y salí a las 7. Era matemática, cultura general, letras, conocimientos y encima para rematar un examen psicológico. Como la paciencia no es mi fuerte y ya acercándose las 7 de la noche, al iniciar el examen psicològico dibujé una niña atormentada con truenos y rayos alrededor, todo con tal de salir de ahí rápido. Di por sentado que esos resultados no saldrían nada bien y a juzgar por el dibujo, si me llamaban, sería para recomendarme un analista.

Pero llamaron y me citaron para la entrevista. Llegué a tiempo y me llevaron a una salita de juntas donde me encontré con dos hombrecitos enternados. Preguntas básicas, información simple, nada de mucha importancia. Hasta que llegó esa pregunta. ¿ERES PACIENTE Y BUENA PARA RESOLVER CONFLICTOS? Y hubiese podido responder con mesura, pero fue como si mi lengua tuviese vida propia. Les dije algo así como : "En efecto, soy una persona bastante paciente y puedo manejar diversas situaciones. Pocas veces pierdo los papeles, pero eso sí, toda conversación debe ser alturada, me disgusta mucho la gente irracional con la que uno no debe perder el tiempo". En cuanto terminè la frase ellos se quedaron mirando. Yo quería estallar en carcajadas pero aguanté hasta el final. Lo que siguió fue correcto, volví con las respuestas que a todo empleador le gustan, pero ya de plano había entrado en un plano de armonía y paz. Y es que era feliz. No me interesaba si me llamaban o no, había metido las cuatro y no me interesaba en lo más mínimo. Salí feliz y sincera, ratificándome en lo que dije. Algunos pueden pensar que el creer que no soy como el resto trae problemas, quien sabe a lo mejor soy más normal de lo normal (valga la redundancia), pero que más da, no caben filosofías ni exámenes de conciencia. Soy feliz, rara, imprudente. Debo reconocer que esto de ser políticamente incorrecta me está empezando a gustar.
Como cantaba con Eva María en épocas pasadas, "I'm so happy life's so good"

jueves, 11 de septiembre de 2008

Anosmia

Oí esa palabra por primera vez si mal no recuerdo en un dictado en tercero o cuarto de primaria, cuando una mujer llamada Mañuca (no sé por qué siempre pensé q era nombre de vaca) trataba de enseñarnos a escribir correctamente. Cuando terminaba el dictado, nos hacía subrayar las palabras nuevas para hallar su significado en esos diccionarios que uno llevaba forrado del color que tocaba ese año. Cuando supe qué significaba, me pareció curioso que la pérdida del olfato se denominara así. Y hasta llegué a pensar que el no percibir olores no tenía mucha importancia, pero han pasado muchos años y he comprendido todo lo que implica el oler, puesto que de vez en cuando me encuentro con un olor que trae a mi memoria recuerdos demasiado nítidos, como si estuviese viviendo el momento una vez más.

Cada vez que huelo formol en algún laboratorio, se me viene a la mente mi tía yaciendo en el féretro. El olor de la tierra húmeda me recuerda a la infancia incompleta y rara que se daba cuando mi abuela me llevaba a la tierra de donde es y me dejaba correr, saltar y ensuciarme, en fin, todo lo que mi mamá prohibía. El perfume de un tipo con el que salí alguna vez era el mismo del de mi ex novio y no pude tolerar el recuerdo, así que me despedí. La naftalina no sé porqué trae a mi memoria a una chica que estudió conmigo en el colegio que parecía viejita. La vainilla me hace recordar cuando tenía 3 o 4 años e iba a recoger a mi papá del trabajo. El olor a sopa con fideitos me trae a la memoria a mi abuela de padre. El pisco huele a Año Nuevo con unas amigas hace un par de años. Y podría continuar, pero eso de nacer cansada tiene sus repercusiones; y una de ellas es el desgano de esta noche y mi sed de algún fármaco para poder cerrar mis ya ojerosos ojos.

(Este fue un tributo a mi nariz, mi intención de reivindicar a uno de mis sentidos. Lo sé.Debería dormir)

lunes, 1 de septiembre de 2008

Hipocondriaca

Supongo que aunque no es genético, de alguna extraña manera esta manía de imaginar que todo te duele más de lo normal corre en la familia. No malinterpretar, no somos noveleros (bueno yo sí, lo acepto), pero en cuanto estornudo empiezo a pensar en la fiebre alta que me postrará en cama ese fin de semana o cosa parecida. Confieso que fui hasta los límites meses atrás cuando fue necesaria la biopsia de estómago para revisar ese desordenado órgano lleno de imperfecciones y empecé a creer que el cáncer de estómago estaba terminando conmigo y hasta me visualicé amarilla por la quimioterapia.
Y ahora como cereza del pastel, tengo algo en el pecho. No sé qué demonios es, pero tengo un dolor que parecen dos. Y como siempre, ya me diagnostiqué. He elegido tener cáncer de mama. Me siento cercenada de antemano. Imagino que todos me observan la boobie sin ninguna finalidad interesante, sólo médica y detectan algo como muy avanzado. Talvez eso sea por el trauma por el que pasé cuando fui al oncólogo por primera vez para que me auscultara. Fue muy raro el hombrecito de metro cincuenta con gafas y manos que parecían de ama de casa que se pasa el día lavando platos. Me examinó con una tosquedad que me dejó impactada. Y no es que esperara que fuese emocionante el asunto, es sólo que creí que por lo menos el viejo duende me sonreiría para que entrara en ambiente. Nada. Tosco y parco.
Pues bien, este es el drama de la semana. Yo estoy muriendo hasta que el erudito en ciencias médicas diga lo contrario. Sólo espero que esta vez el pequeño galeno me regale una sonrisa y se humecte un poco las manos. Veamos qué pasa...

domingo, 24 de agosto de 2008

Don Manuel

Hace mucho tiempo que no recordaba a Don Manuel. Supongo que una parte de mi subconsciente bloqueó a ese personaje que rondó mi recién estrenada adolescencia de antaño, porque de una u otra manera recordarlo siempre me dejaba un sinsabor y una inmensa sensación de nostalgia. Hace 10 años que no lo traía a mi mente de una manera tan nítida como hoy. Y es que ese viejito con rostro bonachón fue algo así como mi primer amigo grande. Y no de esas amistades de tus padres que por extensión son gente que te cae bien y que tienen hijos que son tus "primos de cariño". No. Don Manuel era mi amigo porque yo lo encontré.
Tenía un sombrerito color café que ocultaba su calvicie y las cuatro canas que le quedaban. Era taxista. A su taxi siempre siempre lo consideré peculiar. Era realmente enorme, como esos autos que vienen incluidos en los paquetes de las funerarias y yo; por no haber sido privilegiada con los genes paternos, salí enana y me veía más enana aún sentada en aquel vehículo. Recuerdo que me llevaba todos los días al lugar donde estudiaba inglés. Conversábamos de todo un poco en el trayecto, bromeábamos y siempre se quedaba a ver que cruzara con cuidado la pista. Era en verdad un señor adorable.
Con el tiempo la confianza se incrementó, así que en verano cuando me recogía y yo lo esperaba con algún helado o chocolate, ésos que la esposa le prohibía comer por eso de la glucosa y todo el rollo que yo no tenía el menor ánimo de comprender en esa época. En realidad la pasaba bien en aquel trayecto de 5 minutos. Como estaba entrado en años a veces se olvidaba de pasar por mí, así que le compraba paquetes de post it para que apuntara lo que tenía que hacer. Encontraba algo bastante interesante en ese hombrecito bueno y en su aspecto de abuelito buena gente, le tenía mucho cariño y supongo que él a mí.
Llegaron mis vacaciones y papá decidió llevarnos a todos a Disney. Yo encantada por el paseo corrí a contárselo al taxista amigo y no lo encontré en su lugar de siempre. Me pareció extraño, pero como partía pronto y tenía tantas cosas en la cabeza, partí sin despedirme. Mi viaje duró 2 semanas. Y cuando llegué a retomar las clases de inglés, pasé a buscarlo para que me llevara y no estaba. No sabía en dónde se había metido. Talvez estaba de vacaciones, pensé. Pero días después mi mamá me dijo que el sr. taxista ya no me recogería, porque se había muerto.
No pude creerlo y lo último que recuerdo de ese día que resultó tan extraño fue que por esos excesos de consideración de los que somos víctimas mi familia y yo, fue a dar el pésame a una señora a la que sólo conocía por aquellas conversaciones en el trayecto al instituto. Todo se volvió concreto en ese día: su casa, sus hijos, la esposa, el perro. Todo lo que me contaba estaba frente a mis ojos y yo no podía soportarlo. Entregué la tarjetita, esa que dice mis más sentido pésame y cosas como "Entiendo tu dolor" (cuando en realidad no entiendes nada) y fui corriendo a casa.
Lloré a mi amigo, porque nunca antes nadie a quien quería se había muerto y mi mamá dijo eso que todos dicen cuando alguien se muere, que talvez era mejor así y que aquí el iba a sufrir mucho con esa enfermedad.
Espera. ¿De qué demonios hablaba? ¿Qué enfermedad? Ella dijo que él tenía ya buen tiempo con leucemia. Supongo que ese día aprendí a quedarme atónita porque no podía salir de mi asombro. Todo ese tiempo el viejito buena gente había estado muriéndose frente a mis ojos y no me lo había contado. Llegué a sentirme hasta traicionada porque mi amigo no me dijo nada de su padecer, me enfadé con su memoria por su falta de sinceridad y de alguna extraña manera, esa parte de mi vida fue bloqueada.
Hasta hoy que lo recordé y tuve la imperiosa necesidad de escribir algo así. Talvez para convencerme a mí misma que el viejito existió y que en realidad su falta de sinceridad no fue eso, sino fue simplemente una de las más puras y diáfanas muestras de consideración.

martes, 12 de agosto de 2008

13

Mañana es 13. Y para ser sincera, no considero que sea un día especial, más bien era la fecha para sacar el cálculo y sorprendernos de cuánto tiempo nos seguíamos aguantando (en el buen sentido de la palabra). Y digo era, porque lo que fue ya no es y mañana encima es 13.
Y hubiese podido llegar a tener 22, pero no los cumplí. Y no es falta de cariño, es neurastenia pura. Es perderle la fe a alguien de a poquitos y pensar que algo se está perdiendo. Mañana es 13 y llegó hoy por tregua, la cual yo ya no perseguía. No tenía bandera blanca para agitar, ni siquiera un pedacito de papel higiénico para sacar del bolsillo y declarar que la fiesta estaba en paz.
Y terminé de hablar de manera mesurada y tranquila, respiré naturalmente y me despedí. Y no le agradecí nada porque eso estaba de más. Porque no cabían más palabras ahí y porque si me quedaba un segundo más, era probable que no me fuera.
Y mañana es 13 y yo cerré la puerta de casa y por un segundo tuve la imperiosa necesidad de salir y decirle que todo era broma, porque con él todo siempre era así. Pero no se pudo esta vez, porque de pronto había aprendido a hablar en serio y las cosas se veían grises.
Porque tuve 2,6,10,16 y 21..pero no 22...y mañana es 13 y soy terriblemente infeliz como lombriz...